34 años.
En 11 días cumplo 34 años.
Me da pena porque ya entro en esos años que son meh. Los 30, eran importante. Los 31 eran la confirmación de que tenías 30. El 32 es como bueno, ni tan mal estoy cerca de los 20, pero con la sabiduría de los 30. Los 33, la edad de Cristo. Ya nadie me dirá: 34, la edad de cristo. Porque no llegó. Los 34. ¿Qué edad es esa? ¿La edad a la que se retiran los futbolistas? Es que no estoy muy contenta con el número.
Lo bueno de ser yo es que nunca me imagino quién seré en unos años. No me he visto nunca pensando. ¿Dónde estaré con 34 años? Eso está bien porque llegas y con lo que llegas ya estás conforme. No quiero estar en otro punto vital que en el que estoy. Y eso no es porque esté contenta, simplemente, me da igual. ¿Si hubiese llegado con hijos, trabajo estable, un sentido exquisito para combinar colores, con otro cuerpo, otro corte de pelo… hubiera sido más feliz? Me la suda. Si hay un universo paralelo donde una Raquel que ordena los libros por colores y no pierde de media 3 calcetines por lavadora, es más feliz que la Raquel que me ha tocado a mí. ME DA IGUAL. Me han tocado estas cartas, no sé si soy más feliz o menos, pero tengo que jugar que para algo estamos aquí. ¿No?
La humanidad se pregunta todo el rato. ¿Quiénes somos? ¿Hacia dónde vamos? ¿De dónde venimos? Nadie ha sacado algo en claro. Si desde que el mundo es mundo esas preguntas siguen sin responderse. POR ALGO SERÁ. Buscamos el sentido de la vida. ¡Pero es que la vida no tiene sentido! Vivimos en un mundo donde la muerte, la vida, las facturas electrónicas, que es la muerte en vida, conviven en una rueda que no para de girar. Yo veo a mi perro todas las mañanas corretear mientras busca un hueco para hacer caca. ¿Es feliz? Y yo qué sé. Pero lo que sé es que no se pregunta, simplemente funciona. ¿Hay que hacer caca? Caca. ¿Hay que hacer pipí? Pipi. ¿Hay que comerse la ferula dental de la persona que me alimenta hasta destrozarla y obligarla a gastarse 300 pavinis de una forma totalmente innecesaria? Pues se destroza. Y que se joda.
Y mira, ya estoy en el barro. Vamos a bajar más. La gente que quiere ser más feliz todo el rato, que todo lo que hacen en sus vidas es para ser más y más y más y más y más feliz. ¿No os cansáis? No vais a ser nunca lo suficientemente felices para parar de intentar ser más felices. Qué cansancio, por favor. Es esa gente que no sacaba un 10 en el examen y se ponían a llorar. Respiras, más o menos todo funciona, las cosas van ni muy bien ni muy mal, deja de pensar que necesitas apuntarte a clases de cerámica para ser TODAVÍA MÁS FELIZ SI SE PUEDE. Si piensas que pagar por ir una vez a la semana a jugar con barro te va a hacer más feliz. Hazlo, me da igual. Pero lo hacías en el colegio, gratis y con menos problemas, ¿qué me estás contando? Deja de preguntarte si puedes ser más feliz. El mundo perderá optimistas, pero al menos tendremos maceteros bonitos.
Tengo 34 años. ¿Y sabéis qué? Qué me da igual. No me da miedo hacerme vieja. Es lo que hay. No pienso emprender una lucha con el paso del tiempo. Ni voy a intentar ir de más joven, pero tampoco de más vieja. No voy a celebrar el próximo liveaction de Disney y tampoco voy a performar que me gusta mirar obras. Ahora mismo me toca cagarme en la estampa de quien inventó los programas digitales de facturación, en la cuota de autónomos. Plantearme si seré madre o no seré madre, mientras hago ejercicio 3 días a la semana porque ya no está el cuerpo para descuidarse y me debato entre salir o quedarme en casa en pijama porque estoy hinchá de que tol mundo me toque el papo. Eso es lo que piden mis 34 años y es eso lo que le voy a dar
En fin. Aquí. De lux.




Pero esto es lo mejor que he leído en Substack desde hace tiempo!! Te mando un saludo desde la absoluta irrelevancia de mis 34.